Alba G. Mora: escribir bajo ala

Escribí Cosita, mi primera novela, con Shankar en el hombro. La rescaté en noviembre de 2024 después de una visita a Correos. Cuando paseo intento que la mirada esté equilibrada y sea panorámica: mirar tanto al suelo como a los alrededores. Y esa tarde, cuando llegué a la altura de una portería de la Calle Cotonat en L’Hospitalet de Llobregat, vi algo blanco acurrucado contra una esquina. Era una paloma bravía, pero tenía las plumas de un blanco puro y una manchita redonda en el cuello formada por pequeñas plumas de color marrón (con las habituales pinceladas de lila y verde). La cogí sin pensarlo mientras dos tíos apoyados en un coche nos miraban y cerca de casa encontré una caja de cartón donde meterla; en ella, alguien había escrito la palabra «Shankar», así que la llamé Shankar. Estaba convencida de que esa noche moriría y la acomodé y tapé con mi mejor sábana después de alimentarla (primero con guisantes que intenté meterle en el buche, luego una inyección con agua y azúcar en el muslo). A la mañana siguiente me desperté con el corazón encogido pero cuando abrí la caja, Shankar me miró con uno de sus ojos negros. Su párpado, una membranita muy fina, se cerraba despacio, como si no tuviera pilas. El veterinario le diagnosticó paramixovirus, una enfermedad muy habitual entre las palomas, y una pata fracturada. De no haberla rescatado habría muerto esa tarde al lado de dos hombres y de una oficina de Correos, pero por suerte ahora la tengo en el hombro mientras escribo. Me encanta que esté ahí porque me distraigo menos y me levanto menos para dar vueltas sobre mí misma. Si me canso de la pantalla, la miro porque aunque esté quieta, en realidad siempre está en movimiento. Abre y cierra el pico sin parar, se rasca con una pata, abre las alas para estirarse… Suelo preguntarme de dónde habrá salido, pero por la zona en la que la encontré, donde hay varias iglesias y locales para fiestas, deduzco que debió formar parte de un cumpleaños, una boda o un truco de magia. Me la imagino en una caja oscura junto a otras, el momento en el que alguien abre la caja para que decenas de palomas salgan volando y a Shankar ahí, como el trozo de espinaca que se queda pegado en el tupper; un poco enferma, un poco rendida y asustada, un poco como yo cuando escribí Cosita.

Todo empezó por el nombre, que me vino dado como a Shankar. La historia no estaba formada ni de lejos, pero en los tiempos muertos que tenía durante el trabajo, intentaba mantener la mente estimulada. Uno de esos días en los que salí a comprar café, la cabeza me envió la palabra «cosita», y pensé «perfecto». Si me paro a pensarlo, la escritura del libro fue un poco así: accidentada, durante los tiempos muertos, empujada por la casualidad, por el apremio de quien solo puede escribir en fines de semana y frenada por los múltiples resfriados, gripes y malestar general. Porque Shankar se recuperó muy bien, pero yo caía enferma cada vez que no podía conseguir tiempo para escribir o cada vez que tenía tiempo libre para hacerlo. El cuerpo es sabio y muy egoísta, quiere que dejes de hacer lo que tienes que hacer para dedicarte a él a tiempo completo. Pero afortunadamente, en mitad de todos esos estados febriles y estresantes, fueron germinando ideas que yo fui montando a oscuras y siguiendo mi intuición, a la que he aprendido a hacer caso durante la escritura del libro (¡al cuerpo no tanto!). Creo que también ayudó el espacio en el que escribía y el espacio en el que escribí.

Recuerdo con claridad el día que Jorge de Cascante me llamó. Yo llevaba un jersey amarillo pollo y había ido a un restaurante indio cerca de Badalona. Me acababa de preparar un café y estaba aprovechando los cinco minutos en los que el sol de invierno daba de lleno en mi terraza. Jorge me preguntó si quería escribir una novela y yo le dije que sí con toda la poca vergüenza, porque no tenía ni idea de cómo se hacía eso, pero es algo que suelo hacer: primero la práctica y luego la teoría cuando la práctica no se me da tan bien como pensaba. El piso en el que vivía entonces era un ático construido de forma ilegal, no figuraba en ningún sitio y siempre tenía problemas cuando quería hacer trámites con el Ayuntamiento o con las compañías de luz y agua. El piso no existía, pero me daba unos dolores de cabeza terribles. En invierno el vaho me salía por la boca cada vez que hablaba y en verano era imposible respirar del calor que hacía. Además, las paredes del baño y de mi habitación estaban cubiertas de moho negro y no había ni un solo minuto de silencio, mis vecinos siempre estaban en marcha, despiertos. Me acostumbré a vivir con auriculares con cancelación de ruido y a escribir con ansiedad y estrés, luego llegaron las alucinaciones auditivas y yo solo pensaba en escaparme al campo (donde todo está en marcha también). Al final aquello se resolvió mejor de lo que pensaba y pude mudarme (tardé unos meses en quitarme la manía de ir con los auriculares por casa y otro par de meses en arreglar lo de las alucinaciones). En el piso nuevo también tengo una habitación pequeña que funciona como despacho. Tiene vistas a un árbol con muchísimas hojas durante la mayor parte del año y con vistas a un colegio en febrero cuando las hojas ya han caído. Si conseguía sentarme a escribir, me rodeaba de objetos de todo tipo y me leía en voz alta una y otra vez. (Como pasaba tanto tiempo entre una jornada de escritura y otra, tenía que hacer eso para volver a sintonizar con la historia.) Todo lo que me pasó durante la escritura marcó el texto, todo lo anterior también, porque me da la sensación de que llevo una vida preparándome para escribir este libro (no sé si otros). Aun así, soy de la firme creencia de que lo que más explica el texto no es algo que sea demostrable, que pueda encontrarse en la librería de la escritora o en su biografía: Cosita está formada de momentos mágicos, ansiedad, incomodidad, encuentros inexplicables y coincidencias que me estimularon muchísimo. Quizá por eso sea incapaz de explicar según qué cosas,* y quizá por eso también siga sin saber exactamente cómo escribir una novela. Porque me hacía mis notitas con lo que me faltaba por escribir o con lo que necesitaba añadir a la trama, también veía películas, documentales sobre gente con obsesiones o guardaba capturas de pantalla de objetos en mi ordenador (que es el del trabajo, ni siquiera eso es mío), pero las mejores páginas llegaban sin que yo pudiera explicarlo del todo y un día me desperté y Cosita ya estaba ahí. Me costó mucho esfuerzo, horas que le quité a la gente que quiero e hizo mella en mí físicamente, pero con el paso de los días, recuerdo esos momentos de escritura como si hubiera estado bajo el influjo de un hechizo que me mantenía alerta, muy estimulada. Y si escribo otra novela, espero hacerlo con Shankar en el hombro y perdida como cuando dije que sí, que me apetecía escribir una historia. 

*Ojo, ¡eso no significa que no pueda explicar punto por punto toda la novela o que no tenga muy claro qué pasa en ella! De no haberlo tenido clarísimo, no habría podido escribir.

Alba G. Mora es editora y escritora. Le gusta pasear y ver películas de terror. En 2025 publicó su primera novela, Cosita, en la editorial Blackie Books.

Olalla Castro: albañilería de la escritura

Qué difícil, María, explicar cómo escribimos lo que escribimos. Yo solo sé que venía de hacer libros de poesía; libros tristes donde la belleza nunca lograba sobreponerse del todo al horror. Esta historia llegó como un caballito de mar, un brillo que cabalgaba la negrura del fondo y hacía que todo fosforeciera en torno a sí. Me lancé a eso que refulgía, me sumergí en su busca, chapoteé en su luz. Nunca antes había escrito con esa intensidad (y no me refiero al arrebato febril que había sentido mientras escribía algún libro de poesía, a ese rapto que es en realidad puro deseo: me refiero al trabajo duro, a la voluntad estajanovista, a permanecer en el texto incluso siendo el último lugar donde querrías estar). Si algo aprendí de la escritura de una novela ese año y medio fue que tiene mucho que ver con la albañilería, con rellenar cimientos de hormigón y levantar paredes de ladrillos. Ser capaz de imaginar la pared antes de que exista requiere mucha fe. Hacer que exista requiere mucho trabajo (muchos ladrillos, mucho mortero; una cantidad indecible de horas dando paletazos). 

Escribir el primer borrador de Mañana me llevó un año y medio. Llegar a editarlo ha supuesto tres años más de búsqueda y de espera. En esos años se sucedieron cuatro negativas antes de llegar hasta mi editora, Carolina Reoyo, y con ella a Lumen. Algo que he aprendido en esa espera es que para editar una novela hace falta que alguien crea en lo que has escrito y que, la mayoría del tiempo, ese alguien has de ser tú. Tal vez eso sea lo más difícil, sostener la duda que todo texto trae consigo sin perder del todo la fe que arrastra. Cerré el manuscrito a finales de 2020. Mientras, seguí escribiendo. Los dos poemarios que terminé inmediatamente después de la novela, Todas las veces que el mundo se acabó y Las escritas, se publicaron antes que Mañana. En 2024, pulí el texto y reescribí intensamente la primera parte (después de que los ojos de Carolina me obligasen a mirar allí donde yo no quería mirar: a eso endeble que apenas se sostenía en pie). Es algo común que cada libro sea transformado por los anteriores y transforme a la vez los que vendrán, pero, en el caso de Mañana, el desajuste cronológico ha quebrado la linealidad temporal, produciendo un curioso viaje de ida y vuelta, de modo que mis dos últimos poemarios publicados deben mucho a la novela (podría decirse que están de algún modo atravesados por esa luz que mi palabra antes cegaba y ahora deja pasar), pero también la novelaal haberse reescrito después, habita los confines que en ellos exploré.

Cuando intento repasar el proceso de escritura de esta novela, no encuentro gran cosa. Recuerdo que escribía en casa, unas seis horas al día, siempre en el ordenador. Alternaba el trabajo en Mañana con las faenas alimenticias de entonces (talleres y correcciones, sobre todo). Lo malo del ordenador es que el rastro de la escritura se pierde. No hay tachadura, no hay sobrescritura donde convivan el acierto y el error. Solo el hallazgo permanece: el tanteo, la búsqueda, la indecisión, la duda, inevitablemente, se pierden. Normalmente, si he de tomar nota de alguna idea que aparezca cuando no estoy en casa, lo hago en el móvil. En él se mezclan los fragmentos de los libros, artículos o conferencias en los que ando trabajando con las citas que me van deslumbrando o los títulos de los libros que quiero leer. Salvo esas notas y algún esbozo torpe de la estructura de la novela que fui pergeñando conforme escribía, apenas hay huellas del proceso de escritura. Solo queda el libro para dar cuenta de sí mismo. Reconstruir su escritura resulta complicado, además, porque fui avanzando a tientas y la mayoría de aspectos de la trama fueron fruto de la improvisación. No hice esos complejos esquemas que se supone que las novelistas desarrollan a modo de andamiaje. Apenas hubo planificación previa, esa es la verdad. Con los libros de poemas suelo ser muy concienzuda: organizo cada poemario antes de escribirlo, decido una estructura, parto de una reflexión teórica muy concreta, incluso elijo imaginarios y campos semánticos en torno a los que construir los tropos, de modo que exista cierta trabazón no solo en el contenido, sino en la propia dimensión simbólica. Sin embargo, en Mañana me enfrenté al proceso de escritura con apenas una idea difusa de lo que quería hacer y de lo que iba a ocurrirle a Virginia. Fue capítulo tras capítulo como surgieron el resto de personajes y la inmensa mayoría de la trama. 

En el punto de partida de la escritura confluyeron dos cosas: por un lado, llevaba meses asaltándome la imagen de un grupo de mujeres que trabajaban en un bancal de arroz en el sur de China. Era una imagen cenital, con lo que no veía mucho de ellas, tan solo sus sombreros de cono y las mochilas que cargaban a la espalda. Esa imagen apuntaba a un lugar cuya geografía iba trazándose por debajo de mí misma, a fuerza de insistir. Ya lo dice Erika Martínez: «El arte se produce con un material inconsciente que nos trabaja incansable por debajo hasta que un día todo fragua y emerge». Por otro lado, me rondaba el deseo de escribir una novela desde hacía meses. Pretendía que fuese un texto híbrido, como lo habían sido todos mis poemarios, donde lo narrativo conviviese con lo ensayístico y con lo poético. Además, deseaba seguir reflexionando sobre un tema que me obsesiona en lo teórico desde hace años: el lenguaje y sus límites (el lenguaje como imposibilidad). Deseaba indagar en cómo se comporta el lenguaje ante la pérdida, en cómo, incapaz de decir el dolor, se vuelve inútil, dejándonos doblemente huérfanas, doblemente solas. El personaje sobre el que escribiera tenía que estar ahí, en ese filo, en esa frontera donde el lenguaje nos abandona y nos deja al borde del puro balbuceo. Además, había de ser alguien que hubiese creído ciegamente en la palabra como hogar antes de sentir ese abandono. Pensé en una profesora de literatura, alguien para quien el lenguaje siempre hubiera estado en el centro de la vida, teniendo de pronto que enfrentar la mayor de las pérdidas imaginables: la de una hija pequeña.

Fue así como Virginia, el personaje que ya estaba pergeñándose en mi cabeza, y aquellas campesinas chinas que llevaba meses viendo, convergieron, y supe que quería escribir la historia de una mujer que, tras sufrir una pérdida indecible, huía de su lengua y de su vida para marcharse a China. En principio, esa huida y ese duelo iban a ser toda la novela y la de Virginia la única voz que la conformase, pero entendí a medida que escribía que un sujeto aislado nunca puede devenir otro, que es siempre en el encuentro con las demás donde cambiamos. Así surgió Sùyīn, la otra voz que atraviesa Mañana, que fue creciendo y creciendo como una levadura hasta conformar su propio universo. Ella me permitió bucear en la historia, la cultura y la literatura chinas e imaginar a un puñado de personajes sin los que ahora no concibo esta novela.

Me recuerdo infinidad de veces paralizada frente al texto, con la mirada perdida, pensando en cómo continuar. Me recuerdo también mirando fotos de los bancales de arroz de Yuanyang y de las aldeas de alrededor durante horas, leyendo todo lo que caía en mis manos sobre la lengua china, la escritura, la caligrafía, la agricultura irrigada monzónica, la artesanía, los trajes tradicionales, la gastronomía, las fiestas populares y la historia de la China maoísta. Me recuerdo disfrutando mucho el proceso de investigación, fascinada con cada hallazgo, buscando cualquier excusa argumental para incluirlo en la narración. Posiblemente, lo que vi y lo que leí para escribir esta novela fuese lo más gozoso de ese tiempo. La escritura en sí tuvo un sabor mucho más agridulce.

Quise estructurar la novela en pequeños fragmentos y trabajar cada uno de ellos como si fuese un poema. Creí que así me sería más fácil avanzar. Intenté que cada pequeño capítulo mantuviera la tensión rítmica y lingüística del poema y que tuviese también su centelleo: la concentración, la intensidad, cierta caída a veces; una suerte de intermitencia o de vaivén. Intenté también que el final de cada fragmento se pareciese al final de los poemas (lograr esa intensificación, esa eufonía).

Escribí las dos primeras partes del texto a la vez, de forma paralela. Iba trabajando en ambas como si fuesen novelas diferentes, intentando que no se contagiaran una del estilo de la otra. Conforme avanzaba sentía que las voces de Virginia y Suyin se separaban cada vez más de la mía e iban adquiriendo un tono propio. Por eso cada día, antes de sentarme a escribir, volvía sobre lo ya escrito y lo repasaba otra vez, tratando de afinar ese tono que iba hallando a medida que escribía. Cuando terminé ambas partes escribí la tercera, en la que ambas voces se encuentran. La escribí tal cual puede leerse, respetando esta vez la linealidad de la historia, intentando acompañar a mis personajes en ese encuentro, ir, como ellas, de fuera adentro, de menos a más. En esa escritura enredada tendí a confundir las voces de ambas, las entremezclé, se contagiaron la una de la otra. Aunque en cierto modo eso es lo que quería que ocurriese (dar cuenta de cómo el amor nos transforma un poco en la otra), el resultado resultaba confuso a veces. Durante el proceso de edición, reescribí la tercera parte separando ambas voces, buscando un equilibrio entre esa transferencia amorosa y la preservación de la individualidad de cada voz. También reescribí la voz de Virginia casi al completo, descargándola del tono profesoral que tenía en el primer borrador, acortando la distancia emocional con que la había escrito y tratando de profundizar de manera más honesta y sin tanto fardo intelectual en el dolor que debía sentir.  

En realidad, yo no quería escribir sobre el amor. Esta iba a ser una novela sobre la imposibilidad, sobre el duelo, sobre lo roto. Pero algo luminoso fue incrustándose en ella y otros lenguajes (el del tacto, el del deseo, el de la piedad), por suerte, se fueron imponiendo a golpe de destello. Esta novela abrió en mí una nueva forma de escribir. Puede decirse que inauguró algo que impregnó también los libros que vinieron después: ese algo es la misericordia. 

La misericordia concebida no solo como una forma de compasión, algo atravesado por la lástima, sino como una forma de perdón, algo que nos invita a abandonar el espacio de la condena para inscribirnos en el espacio de la comprensión (incluso de aquello que nos resulta insoportable). En cierto modo, Mañana ha reblandecido mi escritura. Me ha reblandecido a mí. Ahora cuido su luz y su blandura. Las reivindico. Confío en ellas como material de lucha y de transformación social. Las coloco donde antes colocaba la oscuridad, la tristeza, el dedo acusador. Ondean como una sábana tendida frente a mí. Todavía puedo respirar su frescor.

Olalla Castro ha escrito algunos libros, entre ellos poemarios como Bajo la luz, el cepo (Hiperión, 2018), Inventar el hueso (Pre-Textos, 2019), Todas las veces que el mundo se acabó (Pre-Textos, 2022) o Las Escritas (Berenice, 2022). Ha ganado algunos premios que le han permitido seguir escribiendo libros y lleva más de una década investigando la literatura escrita por mujeres y trabajando en la visibilización de la misma a través de conferencias y talleres. Hace unos meses publicó su primer novela, Mañana, en Lumen.